Artículo aparecido en el diario "Ideal" de Granada el 24/01/11. Escrito por el P. José Fernández Marín
Alguien dijo el día de Reyes, cuando moría en el clínico de Granada el carmelita descalzo P. Antonio Molina García, de 78 años y natural de Ogíjares, que «Dios Padre, en el cielo, también había querido hacerse su particular regalo de Reyes y se había llevado al mejor». Lo cierto es que hombres así no son solo regalo para Dios, sino para todos los que con él convivimos, lo conocimos o nos llega el eco de su vida.
Prácticamente fue durante todo el año 2011 cuando se puso al descubierto que sufría cáncer de colon y que tras una operación de 'limpieza' en abril-mayo, que por poco se lo lleva (así lo pensaba la mayoría), lo dejó no obstante 'limpio', de modo que pudo volver casi a su vida normal y establecerse en Granada, su tierra natal, hasta que lograra su completa recuperación. Eso parecía. Pero en noviembre le hicieron un control, uno o dos TAC, y descubrieron que la metástasis ya había subido a los pulmones y le había tocado algunas costillas. El 31 de diciembre acudió a urgencias y decidieron internarlo en Oncología. En la madrugada del día de Reyes entraba en la Casa del Padre. Esta es la historia de una enfermedad mortal vista de puertas afuera. Pero vista de puertas adentro es la historia de una amistad: un hombre que amaba la vida, que se prodigaba, que no perdía el buen humor. y una enfermedad, que siempre se presenta como enemiga y sin posible conciliación. Pero Antonio, que conoció a su 'enemigo' desde el principio, lo aceptó, simpatizó con él, lo 'presentó' a sus amistades y seres queridos. y, si alguna vez lo disimuló o camufló, fue para que no sufrieran los demás. Y como si estuviera contento con su nueva amistad, él no perdió el buen humor y la alegría: apenas un mes antes hicimos un viaje a Beas y a la vuelta, casi en el límite de la provincia de Jaén nos soltó: «¿Sabéis que Javier Arenas tiene una propiedad aquí, en Jaén? Es un campillo. pero algo es algo». «Y ¿cómo sabes eso?», se le preguntó. «Mira, si lo dice ahí.». Era la salida de la autovía a Campillo de Arenas.
Dos noches antes de su muerte la sequedad de boca y la sed lo abrasaba, pedía continuamente agua. Yo le acerqué el vaso como si se la quisiera dar toda de un trago. Él me miró y me dijo: «Lo importante es el ritmo, el ritmo». El día anterior a su muerte, estando con él un matrimonio que ameniza con sus cantos las misas de nuestra capilla, lo llamó su sobrina por teléfono y Antonio le dijo: «¿Tú sabes cantar? Pues aquí hay dos buenos cantores. ¡Vamos a cantar!... y se arrancó cantando «¡Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho!».
Nunca se quejó. Y las últimas horas fue respirando cada vez más lentamente. hasta que se apagó como una vela. Luego nos hemos dado cuenta de que hasta en eso nos ha gastado una broma, porque era como esas velas de cumpleaños que se apagan, pero luego inesperadamente vuelven a arder. Así ha sido con Antonio, después de su muerte estamos descubriendo cosas que nos lo hacen más vivo: sabedor ya de sus escasas horas, días antes de ser ingresado había ido con su sobrina a llevar sus libros a un convento de monjas, a dejar alguna ropa para Cáritas, a regalar algunas cosas a sus hermanos de comunidad. deshaciéndose ya de todo, como quien se está despidiendo. y seguimos descubriendo detalles, sonrisas, complicidades con su ya 'amigo' cáncer, en las notas que iba dejando escritas día a día.
El funeral por su eterno descanso tendrá lugar en las Angustias el 27 de enero, a las 6 de la tarde.